
Un niño armado con una ametralladora en el Congo. (Foto: Polaris)
REBECCA WYNN desde el Congo
12 de noviembre de 2008.- Fidel está sentado frente a mí. Lleva una camiseta a rayas naranja y marrón. Tiene un patinete estampado con motivos entre los que destacan la palabra 'freestyle'. Es tímido. Sus ojos miran hacia abajo y a ratos se muerde el labio. Aparenta menos que sus 14 años. Se me hace difícil encajar su cara con la historia horrible que me cuenta.
Fidel era un niño soldado, pero su apariencia es la de un niño normal, como cualquier otro. Fidel tiene un hermano de 18 años que desertó de los Mai-Mai, una de las múltiples facciones armadas que existen en el este del Congo. Algunos hombres del grupo fueron a buscarle a su casa, pero en su lugar, encontraron a su hermano y decidieron llevárselo.
"Mi madre suplicó llorando" dice.
"Los rebeldes le dijeron a mi madre que me dejarían en casa si pagaba 100 $. Pero éramos pobres y no teníamos ese dinero". Mientras se alejaba, su madre gritaba.
Los soldados le dijeron que se callara o la matarían.
Para él, aún ahora es difícil permanecer tranquilo. A pesar de que se encuentra en un lugar seguro, todavía tiene demasiados recuerdos. "Solía cargar con la munición para los soldados cuando estaban en el frente. Un día, vi 60 cuerpos muertos en el campo de batalla. Entonces supe que tenía que escapar o acabaría muerto yo también".
Después de seis meses de lucha, Fidel logró escapar durante la noche, mientras los soldados dormían. Corrió en la oscuridad de la noche hasta que llegó a la base de MONUC, la fuerza pacificadora de Naciones Unidas en el Congo. De ahí, lo llevaron a Cajed, una ONG congoleña que se dedica a la rehabilitación de los niños soldado u otros niños vulnerables y les ayuda a integrarse de nuevo en la comunidad.
Ahora, nos encontramos en el centro de transición que Cajed y UNICEF gestionan, y en el que se ayuda a los niños a superar los traumas derivados de sus experiencias. Una vez han dejado el centro, Cajed mantiene el contacto con los niños y les ayuda a adaptarse a la vida civil. Es una etapa difícil. En un país sumido en la pobreza y con pocas posibilidades de trabajo, muchos de los niños soldado vuelven a ser reclutados por las milicias.
El trabajo realizado por Cajed, en colaboración con Oxfam Internacional, previene que esto ocurra. Al lado de Fidel, en el centro de transición, me encuentro con Michel. Lleva una camiseta con un rinoceronte y tiene manchas de pintura en sus brazos y frente. Ha estado pintando. Pero a pesar de esta actividad recreativa tan familiar, su humor es mucho más oscuro que el de Fidel.
Michel estuvo durante cuatro años con un grupo militar y fue forzado a luchar. Su historia empieza de manera bien simple.Se lo llevaron cuando salió de su casa a comprar leche y nunca volvió. Entonces empezó su horror. Le enseñaron a luchar. Disparó a personas y recuerda cómo saltaba por encima de los cadáveres en el campo de batalla. Otro grupo armado tomó como prisionero a su amigo y Michel lo encontró colgando de un árbol, con la sangre saliendo de las orejas y la nariz. Es terrible saber que un niño de 12 años ha visto estas escenas. Las historias de niños como Fidel y Michel muestran de forma dolorosa porque necesitamos poner fin a la violencia que asola el este del Congo desde hace demasiado tiempo.Hace unas semanas, organizaciones de protección de la infancia denunciaron el reclutamiento de 37 niños en la ciudad de Rutshuru, llevado a cabo por parte de las milicias Mai Mai.
Cerca de 150 niños han sido reclutados a la fuerza desde que se intensificó el conflicto en agosto. Los hombres armados del Congo necesitan bajar las armas para encontrar una solución pacífica al conflicto.
Han muerto 5.4 millones de personas durante los diez años que dura el conflicto en el país. La gente del este del Congo han sufrido demasiado. Necesitamos que nuestros políticos mantengan la presión diplomática y encuentren una solución política a esta guerra. Solamente entonces, historias como las de Fidel y Michel pasaran a los libros de historia.