(El Arconocal de La Pedriza)
“Quedamos para trepar un rato mañana…?” – le pregunté a Berto
“Vale, a las 12 en La Pedri en el aparcamiento de Quebrantaherraduras.”- Respondió.
Antes, hace meses, hablamos de quedar un día para escalar; pero el miedo a que mis tendones se resintiesen pudo más. Nunca he dejado de ir a las montañas, pero sí tuve que variar la forma de transitar por ellas.
El senderismo, el trekking te lleva por sus caminos hasta la cima, si las montañas se dejan… bien por su altura o por las condiciones meteorológicas.
En la escalada subes agarrado a su piel, sientes su olor, descubres sus cicatrices para agarrarte a ellas y subir por donde ella te deje. Asegurado por la cuerda, ese cordón umbilical a la vida que une a dos amigos.
Hace casi veinte años que nos conocemos, nuestra amistad a pasado por las montañas de casi toda España; la mayoría de las veces por Patones, la Pedri, La Cabrera…
Empezó allá por los noventa con un curso que hicimos juntos con la federación de deportes de montaña y escalada de Madrid. Del grupo de seis solo seguimos Berto y yo.
Hemos conocido a personas que nos enseñaron a escalar y a caminar por la vida con una ética muy clara: no hay competición en la montaña, solo tú, tu cabeza y tu fuerza.
Luego el momento más deseado: las cervezas al final del día en buena compañía con el cuerpo agotado.
Nos hemos confesamos los sentimientos más profundos en el camino de ida o vuelta, sacamos fuerzas para terminar con una relación de pareja o empezar otra, hemos visto cómo el paso del tiempo; marcaba el fin de este deporte a unos o el fin de su vida a otros.
Aprendimos las reglas que gravedad impone: poco peso, mucha cabeza, algo de músculo y mucho equilibrio… si quieres llegar alto.
He vuelto a donde empecé a desaprender lo que me enseñaron. No soy el mismo (por suerte) ahora me acompañan las letras allá donde vaya. Conservo la ilusión de seguir aprendiendo de esas montañas: de granito o de sangre y huesos.
Las montañas llevaban aquí siglos, antes desde que pensará en nacer, y seguirán aquí cuando no quede ni rastro de mis queridas letras.
Gracias Bertus, Ángel, Jordi, Chus, por escalar juntos.
A Sofía por enseñar con tanto amor yoga; que cura tendinitis, y flexibiliza mente y cuerpo.
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