Foto agencia EFE
La historia de Ramón Sampedro después de los 25 años fue la de ‘una cabeza viva atada a un cuerpo muerto’ según sus propias palabras.
En su día me leí su libro publicado en 1996 ‘Cartas desde el infierno’ donde reflexionaba sobre la muerte, la existencia, el amor, el poder y la religión. Y luego los poemas, ‘Cuando yo caiga’.
Esta semana volvió del rincón del olvido su imagen a mi vida… No sé por qué. Quizás en estos tiempos de crisis recuperar de la memoria su lucha por una muerte digna (la suya fue dolorosa, ya que estuvo agonizando durante 15min.) nos recuerde que vivir no es fácil.
Hay una escala infinita de dificultades y otra de felicidades; tan variadas como las personas que intentamos vivir adrede.
TODO ES ADREDE
De todos los tiempos, los viejos y los nuevos, quedan las virutas de la vida. A pesar de las tropas invasoras, de las religiones que bendicen las guerras, de los profesionales de la tortura, de los imperios del asco, de los amos del petróleo, del fanatismo con los misiles. A pesar de todo, van quedando las virutas de la vida. A ellas nos abrazamos y encomendamos, con ellas nutrimos nuestra endeble conciencia y alimentamos sueños y ensoñaciones.
Todo es adrede, bien lo sabemos. Desde el maleficio de las drogas hasta el desmantelamiento de la juventud. Todo está destinado a que no creamos en nosotros mismos y menos aún en el prójimo indefenso.
Nos obligan a vender por peniques el patrimonio virgen, y en el mercado de cambio compran sentimientos con promesas. Todo es adrede: los celos y el recelo, sospechas y codicias, odios en desmesura, el rencor y la pugna. La consigna es someternos, mentirnos el futuro, reconocernos nada.
Todo es adrede y por eso construyen ideologías-basura donde intentan moler las virutas de vida. De la vida. La nuestra. Ah, pero no podrán. También nosotros creamos nuestro adrede. Aposta lo gastamos. Y adrede ya sabemos cómo sobrevivir.
Benedetti del libro ‘Vivir adrede’